Temas de siempre, "Lo inconcluso"


Suele ocurrirme (aunque poco a poco voy entrenándome) que cuando tengo que hacer algo, incluso quiero hacer algo y lo tengo claro, no lo hago en el momento sino que lo aplazo para otro momento, que no llega sino  cuando, o ya no queda más remedio ni tiempo o porque ya no me queda energía y la única forma de recuperarla es ejecutando la tarea.
La sensación es peor que la de perder el tiempo, ya que igual lo pierdo porque no tengo claro lo que quiero, en cambio aquí lo sé y eso añade el sentimiento de culpa. Con respecto a esto alguien me dijo: “La culpa aparece cuando te das cuenta de algo y no haces nada” y es que detrás de la culpa está el enfado. Y eso es lo que pasa; sé lo que tengo que hacer, pero no lo hago, me culpo.
Durante el tiempo que paso evitando la acción y se acumulan las cosas inconclusas, crece la ansiedad, el desorden en mi cabeza y camino de un lado a otro buscando distraerme con cualquier cosa que no tenga que ver con lo que hay que hacer, es un buen momento para “engancharme” a algo ajeno a lo que hay que hacer.

¿Qué evito cuando postergo una tarea, o una decisión?
Varias son las razones. Pero las que a mi me afectan es el miedo al fracaso y el temor a triunfar. Sí, estas son las paradojas que la vida presenta.

Descubrí la palabra “Procrastinar” que define muy bien lo que me pasa/ba, y me di cuenta que no estoy/aba sola en ese término.



¿Pero qué pasa cuando esta “procrastinación” se traslada a un nivel más profundo, a las relaciones, a las emociones y las situaciones quedan inconclusas?
Ya no son cosas que tengo que terminar para continuar, sino situaciones personales que me afectan de manera más profunda, qué tal vez me impiden  tomar la siguiente decisión en la vida.

 En mi segundo año de formación me tocó exponer el tema de la “Neurosis”, una de sus características es: la acumulación de situaciones inconclusas: 
“Al cargarnos con tantas situaciones inconclusas llega un momento en que no se puede continuar con el proceso de vivir…Las huellas del pasado que se convierten en parásitos para el presente” (Perls).

Investigando sobre el tema, me topé con un artículo que hablaba del cerebro como un tipo ordenado y con necesidad de finalizar temas, porque sino irá en busca de situaciones aunque sea en otro lugar, con otras personas para poderlas cerrar. Por eso cuando algo no se ha concluido, ese tipo no nos dejará en paz y no dejaremos de repetirnos.
Esta manera de no querer estar con lo que hay en el momento, y tomar las decisiones que  tocan en cada momento, para poder cerrar, es un claro ejemplo de que evito hacer un contacto real, con las personas o las emociones implicadas (se me ocurre que con frecuencia con el dolor o el miedo). Pero entonces aparece la otra paradoja; el “ausentarme”, no hace más que alargar en el tiempo e intensificar más, lo que quiero evitar con esta ausencia, incluso con el riesgo de “desenergetizarme” por completo.

¿La solución? Se me ocurre otra paradoja:

Sería no “interrumpirme” en la interrupción, es decir, no evitar la ausencia, y “dejarme estar” con lo que hay, es decir, conectando con la confusión que me produce no terminar el trabajo. Si agoto la confusión del “no sé” llegaré a lo que hay, y allí en ese lugar conectaré con la realidad,  ahí podré vivirla, concluir y continuar.












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